Lana, la Sacerdotisa, by Neus Sintes

Nos adentramos en Roma, donde la historia de Lana la Sacerdotisa nos ha sido revelada tras muchos años de investigación. La bella y dominante Roma, con sus grandes murallas uno queda boquiabierto…pero detrás de las maravillas de Roma, se encontraba también el poder y la violencia de los más fuertes y la pobreza de la gente del poblado. Escenas de odio y poder, de jerarquías dominantes y por otro lado de esclavitud y trabajo duro…vidas incompatibles que tenían todos un mismo fin. Sobrevivir.

Lana nació bajo el manto blanco de una jerarquía alta. Con una belleza sin igual. Su piel era suave como la seda y su melena era morena, lo que resaltaba con sus ojos color azabache. A medida que fue creciendo su hermosura fue en aumento. Sus padres de una poderosa familia deseaban con fervor que cumpliera sus seis años.

Las familias pugnaban porque sus hijas fueran elegidas vestal, pues significaba un gran reconocimiento para la familia de la niña.Las Vestales eran seleccionadas por el Pontífice Máximo a la edad de seis a diez años y debían ser: muy hermosas, vírgenes y de padre y madre reconocidos.

Lana había oído hablar de ellas, lo que nunca imaginó es que su nombre saliera elegido de la vasija: Lana.

-Lana, pronunció el Pontífice al sacar un pequeño papel con su nombre.

Desde ese preciso instante su vida cambió. Deseó no haber nacido con tanta hermosura y se vio obligada a separarse de su familia para ingresar en el templo y dedicar sus vida exclusivamente, al servicio de la diosa virgen durante, al menos, los siguientes treinta años.

Pasaron los días y Lana veía que no encajaba, no se sentía cómoda al verse tan protegida y tan sometida a cumplir órdenes del templo que ella no deseaba. Su belleza y el poder de su familia fue la que llevó a vivir de esa manera.

En primer lugar Lana y las cuatro otras vestales tuvieron que realizar los mismo votos. El primero, les cortaron el pelo, dejando en su lugar un cabello corto, lágrimas surcaron de sus mejillas al ver que su hermosa melena caía al suelo.

-¿Porque lloras?, le preguntó un sacerdote cuándo le vio

-Quiero irme a casa…Yo no he decidido ser Vestal, dijo enfurecida

-Tú, Lana. Roma te ha querida como hija suya. Eres hija de Roma. Roma es tu familia, tú única familia ¿Acaso quieres renunciar a lo único que tienes?, le dijo indignado

Y dicho esto pasaron a llevar a las cuatro vestales a unos árboles cercanos para que quedaran suspendidas arriba del árbol, sin que tocasen el suelo, como muestra de la ruptura e independencia con su familia.

Los únicos habitantes del templo eran Lana y las tres vestales más los sacerdotes que eran hombres. Quienes guiaban y daban las órdenes a las vestales para enseñarles a ser dignas en su vocación.

Seguidamente las llevaron a sus aposentos. Donde tuvieron que despojarse de sus prendas por otras dignas de las vestales.

Por un momento se contempló en el espejo. Contemplaba un cuerpo, su cuerpo de curvas de niña que se iba desarrollando y con tristeza pensó en que el amor de su vida no podría llegar nunca a su vida. Ella, que era ansiosa, y que siempre se había imaginado como en los novelas junto a un chico al que le gustase, enamorarse, saber que se siente cuando se besa…todo esto se había esfumado en su vida real. Su cuerpo no sería acariciado por ningún hombre, no sería amado.

Empezó a vestirse con calma, despacio. Vestía una túnicas blancas confeccionadas con el mejor y más fino lino, ribeteadas con hilo de color púrpura. Sobre sus cabeza lucía siempre una diadema a la que llamaban vitta. Eran la viva imagen de la pureza y la castidad. Nadie osaba tocarla, un simple gesto irreverente hacia una de las elegidas podría significar la muerte de quien osara ofenderle.

Con un velo en la cabeza y la entrega de una lámpara encendida, aprendían a leer, a conocer los nombres de los dioses y sus potestades, la forma de realizar los ritos, la compostura en los actos públicos y por supuesto el mantenimiento del fuego sagrado.

Lana no volvió a llorar más pero en su interior llevaba un fuego que con el tiempo empezó a arder con gran intensidad…

Por las noches pensaba en que por un lado era mejor convertirse en vestal porque Roma para la mujer era ser sumisa al hombre en cada circunstancia. Pero ella quería vivir, sentir, amar…ser libre.

Un día los monjes decidieron que las vestales fueran al poblado para que vieran la realidad de la que ellas se habían salvado. De aquella vida que era dura y fría para los que habitaban en el pueblo y de alguna forma comprendieran de que ellas eran las afortunadas de que estuvieran a salvo.

Caminando Lana iba observando cómo vivía la gente. Mujeres cargando con cestas de ropa recién lavada del río y con sus chiquillos correteando medio vestidos por las calles a su alrededor. Mientras, unos hombres corpulentos y con heridas en los brazos y piernas trabajaban sin cesar y el sudor les resbalaba por la espalda con heridas aún por sanar. Otros en cambio, unos Romanos les azotaban para que se dieran más prisa, chillando y dando ordenes sin parar…¿En qué Roma les había tocado vivir?

Mientras paseaban por la ciudad, Lana se vio observada por centenares de ojos no dejaban de mirarla. Destacaba de las demás. Pero la mirada de Lana fue a parar hacia un esclavo que éste también la observaba. Quedó absorta en su mirada, una mirada que conllevaba tristeza y miedo pero era  hermosa a la vez.

Iba a dar un paso hacia adelante cuando uno de los monjes le miró y tuvo que retroceder…un paso hacía adelante hubiera significado ser castigada…el fuego creció aún con mas fuerza dentro de ella. Se dirigió con los demás, sin dejar de mirar al esclavo y con los brazos en cruz y sus labios sellados le indicó el símbolo del amor.

Por la noche en su cama no podía conciliar el sueño. La mirada del esclavo estaba en su mente…no podía olvidarle, no podía hacer desaparecer de su cabeza esa mirada tan profunda y misteriosa. Lo peor de todo es que no sabía cómo hacerlo para volver a verlo, si es que volvía a verlo. Tras estos muros protegidos.

Mientras oía a las otras vestales hablando entre ellas de lo afortunadas que eran…

-María que suerte la nuestra de ser vestales.

-Y que lo digas Duna. ¿Te has fijado en cómo trabajan la gente del pueblo?

-Y en las mujeres…Cargando con un peso y sus hijos detrás polvorientos.

Lana no podía más, no podía oír más tonterías por boca de esas incrédulas…

-Pero que os creéis…No se insulta ni critica a la gente para empezar. Ojala yo fuera una de ellas y no una vestal. Ojala tuviera esos chiquillos detrás de mi y no a unos monjes que solo nos están dando ordenes…Sí, trabajan. Y nosotros velamos a la Virgen y somos esclavas detrás de estos muros y privadas de una vida normal que si incumplimos las normas podemos ser castigadas.

Todas quedaron sorprendidas con las palabras de Lana.

-Yo Lana. Fui elegida vestal sin desearlo. Debería estar orgullosa como vosotros pero no esa así. Yo siempre he deseado amar. ¿Acaso eso es malo?

-Sí lo es, interrumpió uno de los monjes. Lana esta noche dormirás en el agujero negro. donde permanecerás sin cenar y meditando sobre lo que has hecho y dicho…Si sigues así te arriesgas a perder la vida.

El agujero negro era una habitación estrecha, asfixiante y oscura. Lana no temía a la oscuridad, pero sí a la soledad. Lágrimas surcaron sus mejillas y sus ojos empezaron a entristecerse aún más. Velar por la diosa era bueno, pero estar encerrada durante sus treinta años, era un tormento…Ella, que era mujer, tenía sus principios, aunque nadie quisiera escucharlos…Mujer romana ansiosa de amar pero a quien ella deseara. Pero ahora en la realidad era una mujer convertida en vestal porque así lo había dictado el Pontífice.

Entonces intentó cerrar los ojos y dedicar un tiempo a pensar en quien ella se había fijado, en aquel esclavo que de alguna manera le daba vida a su espíritu. Sus ojos se fueron cerrando y en un profundo sueño se adentró.

Al despertar seguía estando oscuro, aunque sabía que afuera era de día y el sol brillaría con intensidad. Decidió concentrarse para no perder la calma. Esta vez si cerró los ojos pero lo hizo para concentrarse, y tras unos minutos de silencio alguien le habló.

-Mi nombre es Samuel, le respondió una voz

Lana abrió los ojos y no vio a nadie, seguía estando en la oscuridad del agujero.

-Ayer cruzamos nuestras miradas, Lana. No te asustes. Te estoy hablando telepáticamente. Si puedes escucharme, responderme.

Lana estaba desconcertada pero a la vez intrigada…¿Y si Lana no podía responderle?. Aun así, lo intentó. Cerró los ojos recordando como era Samuel, ahora sabía su nombre.

-Samuel, ayer cuando te vi, me transmitiste una sensación que no te puedo explicar con palabras…no te conozco de nada, no sé quien eres, pero solo ver tu mirada puedo sentir tu alma.

-¿A que te refieres, Lana?, si soy solo un esclavo torturado y sin ganas de vivir

-Desgraciadamente, me siento tan esclava como tú. En un mundo distinto dentro de la misma Roma. Esclava detrás de unos muros para convertirme en vestal, cuando yo nunca lo he deseado. Sueño muchas veces en un mundo donde pueda respirar el aire libre, donde no exista esclavitud de ningún tipo y que uno pueda vivir en paz y sin ser herido.

-Lana, como te entiendo.

Y dicho, esto. Las puertas del agujero negro se abrieron dejando entrever una radiante luz proveniente de los rayos del sol que se infiltraban para dejar abrir la puerta. Lana se apresuró a salir.

Lana se vio sorprendida ante las mirada que las otras vestales y monjes le dirigían…Uno de los monjes fue el primero en hablar

Nunca en la historia de las vestales que han pasado por Roma nos ha sucedido que se hable de esta forma. Una falta más y serás castigada enterrada viva. Puedes ir a la habitación, junto a tus demás compañeras. Toma ejemplo de ellas.

Lana escuchaba en silencio, aunque sus pensamientos estaban en otro lado, pensando en Samuel.

Era de noche y una hermosa luna llena resplandecía en el cielo. Samuel le pidió si podría verla, aunque fuera un minuto. Ella no se lo pensó y en silencio abandonó la habitación, colocó un cojín a modo de cabeza en su cama y de puntillas salió. Hablando telepáticamente habían quedado en verse cerca de un lago donde en pasillo rodeado de arcos florecían las flores.

Lana no temía a la noche, sobre todo si una luna llena tan radiante como la que había la alumbraba. De entre los matorrales apareció un hombre; Samuel.

Samuel la miró deslumbrado ante tal belleza, ahora que la tenía más cerca. Resplandecía con el contraste de la luna y le transparentaba el perfil de su vestimenta blanca. Temía tocarla, pero en esta ocasión fue Lana quien se aproximó a él. Y mirándole a los ojos con intensidad le dijo con su suave voz: Tócame, lo deseo.

-Samuel, apenas te conozco. Pero deseo con fervor que me acaricies con tus fuertes manos. No puedo dejar que no lo hagas, me he enamorado de tu mirada desde el primer día que te vi. esa mirada misteriosa que me transmite un amor que me ha sido privado por convertirme en vestal.

-Lana, ¿estas segura?, No me gustaría que te hirieran por haber incumplir las normas.

-Samuel, sé que es duro. Pero, prefiero ser morir siendo amada, que siendo una virgen y no haber experimentado el sentimiento: Amor. Vivimos en una Roma poderosa y dura, pero nosotros también sin darnos cuenta nos volvemos fuertes a nuestra manera.

Ambos se quedaron en silencio, mirándose, deseándose. Las manos de Samuel rodean la cintura de Lana, quien sólo de ser tocada se estremece y suspira. Poco a poco sus labios se van rozando y Samuel sostiene en brazos a Lana que la lleva a un rincón, donde un porche rodeado de umbrales les rodean. Lana se deja caer de sus hombros, deslizándose poco a poco  su vestimenta. Su belleza queda desnuda ante la mirada deseada de Samuel, frente a una Lana deseosa de ser amada.

La noche se hace eterna para dos amantes que se aman en la más profunda intimidad. En el más profundo silencio donde unos suaves gemidos son oídos por la madre naturaleza. Entregados el uno al otro. La piel de Lana se ruboriza ante cualquier caricia, ante cualquier mordisco. Se deja hacer, con sus piernas entreabiertas y su piel temblando de placer, se deja ser amada. Rezan para que no termine nunca, que estos momentos duren eternamente. El deseo que sienten el uno del otro no se evapore y no pare.

A lo lejos, un monje con un linterna divisa quienes pueden ser. Cuando ve en el suelo la vestimenta de una vestal, se da la mayor prisa posible para contárselo al templo. Cuando los monjes del templo de las vestales oyen lo que les cuenta el otro monje van en su búsqueda…pues se dan cuenta que Lana es la que no está en la habitación.

Unos gritos a lo lejos son oídos:

-Lana!, Lana!, Lana!

Los amantes oyen a los monjes, quienes van en su busca. El miedo se evapora de ellos, intenta coger su vestimenta pero ya no está. Samuel la cubre detrás suyo, en vano…A Lana la cogen los monjes del templo y a Samuel unos Romanos.

-Los quiero a los dos en el templo!, dijo enfurecido un monje.

Los ataron con cadenas, desnudos. Llevándolos por la ciudad hasta el templo, siendo las miradas de todos los ciudadanos. Una vez llegaron al templo, el más anciano dictó el castigo para ambos.

-Tú, Lana. Desobediente y avisada una vez has roto el voto mas sagrado. Has dejado de ser virgen. Tú cuerpo ha sido ensuciado. Vergüenza debería darte. ¿Cómo te atreves?. Por ello, veras con tus propios ojos como ahorcamos a tu amante, el esclavo. Presenciarás su muerte para luego ser enterrada viva. Así lo dictamos nosotros los monjes.

Mientras preparaban la sentencia de muerte de Samuel. Los dos se miraban con miedo pero con el deseo de escapar. Una vez los Romanos prepararon la horca. Samuel mirando a a su amada fue muriendo poco a poco, hasta que sus ojos se cerraron y su respiración fue su último aliento

-Noooooo!, fue el grito ahogado de Lana

-Te deseamos un último deseo, Lana, sugirió un monje. Antes de que te llevemos a enterrar viva, como castigo de tu infidelidad.

Todavía desnuda ante los presentes, deseo quedarse un minuto a solas con su amado.

En silencio quedo en la habitación donde se hallaba el cuerpo de Samuel. Ahora sin vida. Un llanto interior junto a un fuego que amainaba de rabia dentro de sí empezó a surgir. Miró el rostro de su amado, lo acaricio con sus yemas de sus dedos y tras casi un minuto después cuando un monje estaba a punto de abrir la puerta pudo ver con sus ojos como una lágrima de los ojos de Lana caía sobre los labios de Samuel. Quien de la nada abrió éste los ojos y un milagro se realizó.

Muchos fueron a sacar a la fuerza a Lana para llevárselaa enterrar viva, pero una cúpula de fuego encerró a los dos amantes para que los soldados ni los monjes pudieran entrar. Este fuego lo provocó Lana, quien durante años lo fue almacenando en su interior propio de la misma rabia interior que sentía. Ahora este fue podía protegerlos.

El fuego no amainaba, el agua no ayudaba. Muchos cubos fueron arrojados alrededor para apagarlo, pero resulto en vano. Todos empezaron a temer a Lana.

-Soy Lana la Sacerdotisa. Dejánnos en Paz y este fuego apagaré. Todos retrocedieron y un pequeño umbral dejo paso a Samuel y a Lana. Quienes fueron desterrados de Roma, sin rumbo, sin comida.

Ambos se cogieron de la mano, y Lana no dejaba de mirarlos con unos ojos que solo mirarlos ponía los pelos de punta. Fueron avanzando hasta dejar Roma. Solos, sin nada más que cuatro harapos. Se tenían el uno al otro. Nadie más les ha vuelto a ver.

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